Una rolliza dama sentada en una silla

Cuando te vi, supe que tenías una de esas lenguas que cortan el aire, una de esas pieles que captan la luz más ténue y la magnifíca, que tus cabellos largos podrían cubrir tus pechos y el mundo, alegrar la taberna; que, sin duda, me pertenecías en una realidad paralela, aunque ahora yo fuera una simple unión de madera con clavos, y las hebras de tu cabello escurrieran por mi respaldo que con dulzura las cargaba.

Mírame, aunque me des la espalda. Yo soy solamente una escultura más, con mis bigotes tan cuidadosamente tallados, con mi sombrero, mis piernas largas, mi figura espigada, de ser un gran caballero, luego un clásico en los libreros, paso ahora a ser una silla de adorno en este largo pasillo.

Pero te cargo, sostengo tu peso, tus muslos, tus brazos descansan sobre los míos; al fin te tengo, mi Dulcinea, estás en mis brazos. Y aunque me reventara en astillas moriría por ser nido tuyo, por abrazar tu rolliza figura antes de desvencijar mis piernas o quebrar mi atizado corazón, mi madera, mi pasado, el libro al que pertenezco. ¡Abrázame lo que dure la guerra; cuando quede manco, por dos veces y cien noches, mi dueño no me escribirá jamás desde la prisión de sus sueños!

LoGB

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Un frasco inusual

No quiero volver a la tesis sin antes escribir esto. No es muy tarde, tengo solamente el tiempo suficiente: lo que me toma trasladarme de la universidad a casa. Quizá es que el destino quiere que escriba esto antes que ocurra cualquier cosa, porque pasan los días y me voy oxidando, quiero trabajar pero no encuentro un lugar adecuado para escribir. Pero no plasmar cosas superfluas, no lo que el alguien me dicta desde un escritorio, con un interés distinto al mío, al genuino.

No había reflexionado antes sobre el sentido de la escritura, para mí lo ha sido todo y sólo una parte, al mismo tiempo. El anhelo que tengo de la cinestesia me permite apenas estar unas horas sentada escribiendo, dejando brotar ideas para luego trasladarlas a mapas, muchos mapas de tinta, luego palabras unidas por conjunciones. Las voy recostando sobre el papel para que duerman mientras yo velo por ellas, mientras las arrullo con el sonido de mis pensamientos, ¿o es que acaso el papel no los escucha?

Recuerdo cómo muevo de un lado a otro de la sala. Quiero un escritorio lo suficientemente cómodo para no tener que levantarme, para dejar de lado esta ansiedad que me produce tener que interrumpir mis ideas para beber agua, comer, ir al sanitario. Pero el cuerpo me ata a la rutina de la vida y sus necesidades, no lo puedo evadir y me imagino mirándome fijamente a los ojos, ineludibles. Tengo ganas de contarme un cuento a mí misma, de navegar los océanos de hojas blancas que tengo para llenarlos de historias.

La vida transcurre y he venido a ella a contar mi historia. A través de ella se contarán las de muchos, las de todos aquellos a quienes conservo como una imagen, pero no una fija sino una en movimiento. Se van engarzando los papeles, se va construyendo una página gigante y yo la necesito para contar lo que los demás callan, pero viven. Voy viviendo y al mismo tiempo quiero ir contando, no hay excusas. Hace algunos meses era el tiempo, ahora lo tengo sin apuro, a manos llenas y eso es mucho decir; hay desgraciados que no pueden tomarse ni cinco minutos, eternos esclavos del trabajo.

Me detesto por perderlo, ¿Que cómo lo pierdo? Sin escribir. Pasa hora tras hora, se van siguiendo el paso en un espacio abstracto, cuyo reflejo es una pantalla con puntos de colores o una serie de engranajes: el reloj. Y luego están los calendarios, advirtiéndome que ya paso otra semana y yo he escrito mediocremente dos textos a la semana. Se apodera de mí el miedo y la desesperación: ¿hasta cuándo seré capaz de vencerme a mí misma y escribir realmente tantas historias como piensa mi cabeza?

Cuando nací, un ángel silencioso puso sobre mi mollera su dedo, a través de ese entramado de materia incorpórea fluyeron distintos rayos que venían de ese lugar acerca del cual debo guardar silencio. Para ese momento aún no tenía consciencia de ninguna traba, de ningún desacuerdo ni enojo, tampoco del trabajo, ni del tiempo. Todo parecía completamente normal en aquel sitio cuyas coordenadas no se pueden conocer. Vino entonces mi mejor amiga, la virtud que a veces me ha salvado y otras me ha arrastrado a las peores acciones: la imaginación.

Desde entonces hemos caminado tomadas de la mano, como dos amantes enamoradas. A veces suele querer confundirse con la intuición, en las noches me hablan ambas, una a cada lado de mi oído y yo las escucho esperando respuestas a eso que quiero ser en el futuro. Y ya ha pasado el tiempo, mi paraguas se ha comenzado a humedecer con la lluvia; la voz de mi padre me repite que no me va a ser eterno, yo no sé si escribir estupideces para ese sitio de moda de los millenials o invertirlo en escribir cosas que podrían no interesarle a nadie. No sé por qué he venido a nacer a esta época tan vana.

Estoy en la parada del autobús, en realidad nada de eso que pienso importa mucho en este momento, no estoy escribiendo mi novela, simplemente estoy pensando; estos pensamientos se irán escurriendo, como las gotas de lluvia a través del nylon de mi paraguas, y entonces no serán nada, caerán al suelo, los absorberá la tierra, luego serán humo, simple humo. Y yo tendré una página vacía más, otro día que se ha apagado.

Quiero tener una amante, mi musa demente me ha mandado ya mensajes de voz esta mañana, curiosa manera de relacionarme con el mundo: por voces. Quiero más besos, más aromas, más piel. Thalía a lo lejos, con su antipatía, con su rostro hermoso y vacío, me sonríe. Anhelo ir al encuentro, temo ir al encuentro. Como todo en mí, los pensamientos se desbordan, son inconexos, se van atrofiando, protestan por no poder salir todos juntos. Necesito el instante del encuentro, del sudor derramado y los besos, uno tras otro, una lengua tras otra, como olas que se forman alrededor de mis pezones, luego en mi sexo. Parece que no ocurre nada y de pronto el éxtasis y el gemido.

Sigo esperando el camión, parece no querer llegar, la lluvia alenta todo, pero a mí el calor me transporta al lugar de la inacción, de la molicie perpetua. Que se termine el calor, que llueva diario justo como ahora, no me importa que las calles se pinten de gris, por lo menos tendré la capacidad de pensar un poco más, más a menudo, más claramente. Al fin ha llegado el autobús.

Lo abordo y me siento en la butaca a lado de la ventana para ver llover mejor. Ahora, aquí sentada, todo parece mudo pero alegre, escucho canciones de piano de fondo. En la total inconsciencia observo cómo el camión avanza y la parada en la que me encontraba unos minutos atrás se va volviendo diminuta a través del espejo retrovisor. Conservo la calma aunque intuyo lo que me espera, no todo puede ser diversión eterna.

Militares van ocupando el paisaje de las calles antes serenas, se van dibujando como una mole que proviene de las coladeras y poco a poco va tomando una forma humana, verdes manchas se van plasmando por las avenidas. Comienzo a tener miedo, no sé de qué manera podré ocultarles el paquete que llevo entre mis brazos, cómo podré llegar sana y salva a casa. Escucho a mi madre preguntarme por qué se me ocurrió salir a la biblioteca de la universidad justamente hoy, y es que este puede ser cualquier día, nada particular.

Pienso nuevamente en mi musa, cómo puede serlo estando tan descobijada, tan perdida, tan loca; se ríe, es mi Thalía y la de nadie. Mueve su mano entre los árboles, quiere que le preste atención a toda costa, aunque sea sólo por la apariencia exterior, tal vez yo también, en este punto no sé si esa sea una buena señal o el motivo más evidente de que lo nuestro es sólo pasión.

Los militares detienen el autobús: revisión rutinaria. Y yo espero que no hurguen entre mis brazos, ¿qué pensarían? Sin duda se quedarían atónitos, nada es lo que parece. Me señalarían y dirían que soy una bruja, que me tienen que despojar de ese regalo tan particular, tendrían que llevarme a los separos a pensar mejor si quiero continuar llevando ese paquete conmigo.

Ahora me habla mi hermano, con su autoritarismo machista, me dice en un tono que pretende amedrentarme: “Te van a llevar sin preguntarte, sin señalarte, no importará nada en cuanto te encuentres dentro de la celda, no sabes ni si quiera si quieran soltarte bajo fianza. En fin, van a obligarte a entregar el paquete, por más que lo ocultes, te he dicho que nunca lleves nada de valor en la calle”.

Pero yo no ostentaba nada, no podía sacarme del pecho, de ese espacio que se forma entre un pulmón y otro, ese tesoro. En cada respirar podía sentir sus bordes chocar contra las costillas, su transparencia seguramente tendría un brillo particular si alguien pudiera verlo. Inoloro, incoloro e insípido como el agua, estaba apretando mis entrañas, guardaba en su interior arterias y palpitaciones. El frasco era como un marcapasos, cubría mi corazón del exterior hostil.

Miraban mis ojos tanta violencia, tantos puños apretados, mandíbulas, ojos rojos, enfurecidas hordas de militares. Y él era tan pequeño, tan tierno, tan espontáneo su repiquetear, enjaulado por protegerse, lo alimentaba mi esperanza, no podía ser ruda, con él menos que con nadie. Y ¿si alguien venía, si ese alguien se desternillaba de risa y me lo arrancaba y, acto seguido, lo azotaba contra el suelo? En miles de pedazos finos se quebraría la coraza, mirarían salir del interior el amor, salpicando con gracia las gotas rojas del fuego.

Violencia sobre violencia y entre violencia el arte. El tercer militar que había subido me pidió levantarme de mi asiento, fisgoneo mi bolsa como un truhan, nada le importó, pero yo estaba muy nerviosa. Párese firmemente y permita que le revise los bolsillos. Nada. Todo el suplicio parecía haber terminado y cuando el último de ellos estaba por bajar del camión, se me escapó un hipo sospechoso. El hombre con sus botas militares negras caminó con determinación hasta a mí, me vio fijamente a los ojos y luego dijo: entrégalo.

Comencé a toser, poco a poco fue apareciendo el llanto. El me miraba con repugnancia y una extraña mueca de compasión. El frasco cayó y rodó por el suelo, su bota lo quebró, el tiempo lo redujo a escombros, la vida lo recogió en su mano tibia. La sombra del militar se fue volviendo débil y desapareció en el umbral de la puerta. No había nadie en el camión, el chofer conducía sin ninguna mueca en el rostro, como un muerto. Mi corazón se había quedado sin coraza.

LoGB

 

Ya estaba escrito que aquella noche…

Esperaba poder escribir una carta a Marsella, con sus ojos vetustos y su piel renovada que han lamido las mil leguas marinas, dejándola llena de un salitre fresco que corroe y enamora. Siendo toda ella contradictoria, desde los labios hasta la esencia, y teniendo diversidad de mundos sobre su espalda tersa, ¡cuánto desearía volver a recostarme en ella para pensar en la ingratitud y la pasión!

Leería mi carta desde la lejanía y tal vez sus ojos me advertirían que, aunque casi extinta, aún pervive una memoria de lo que fuimos cuando éramos. Esa memoria, al igual que el humo del último cigarro que fuma antes de dormir cada noche, la invade hasta exasperarla y resucitar el sentimiento, para luego abandonar la alcoba por la ventana y dispersarse.

Sin embargo, el aroma de nuestro pasado se le enreda en el cabello, neciamente, y exhala en un suspiro esa esperanza que yo también guardo: en el perfume de una carta que aún no escribo.

LoGB

Así es como es el insondable pensamiento

Mis hombros están cansados,
Padre mío que estás en la tierra,
de tanto cargar la cúspide de mi cabeza
pronunciado sea tu antónimo
un nido de ideas, van arrullando aves,
venga a nosotros tu tiempo
y vuela una parvada de hojas de periódico
hágase la voluntad del sueño así en el viento como en el mar
una se posa sobre mi hombro
danos hoy nuestra miel de cada noche
quiere que le acaricie las letras del pecho
perdona a la vida por volvernos polvo, ofensa,
son las plumas de la trascendencia, del recuerdo
déjanos caer sólo en la tentación que valga el amor
monto sobre ella con miedo, es tan frágil
líbranos de toda oración falsa
y vuelo sobre los orbes de mi imaginación
¡Valga me!
LoGB

Sótano, mancuspia y mariposas de papel

Deseaba ansiosamente hallar una mancuspia en el último cajón de mi viejo y olvidado escritorio el día que regresé a la casa que me vio nacer. No por nada particular, o tal vez sí, pero no por lo que estás pensando, no para rendirle homenaje a un lejano hombre, sino para encontrarme con ese remoto recuerdo que me evocaba únicamente la textura de la mancuspia.

Hallé alguna vez una entre tus piernas y la acaricié con ligereza, la fui grabando lentamente en una secuencia mental que nunca, desde entonces, me ha abandonado; tuve la certeza de haber estado tocando un animal sagrado, una ilusión enfermiza de un Dios etéreo, obligado a hablar a través de sus codos y mirar con las manos, escribir con los pies en las noches de lluvia, solamente con un candil por compañía.

Recordando aquello la casa de mi infancia me pareció tan pequeña, la podía escudriñar con un solo vistazo, no guardaba prácticamente ningún misterio. Pensé en ir al sótano, donde usualmente cazaba las mariposas de alas de periódico que pegaban mis amigos imaginarios en las paredes. Sobre mi cabeza, en ese sótano, flotaba siempre una neblina de historias que me contabas tú, cuando eras mi prima favorita e inaugurabas de un soplido la vida de aquellas mariposas.

Con el tiempo supimos que no eras mi prima, venías de un pueblo mágico, lejano, y tus padres vivían ahora bajo la tierra, en un cuadro bellamente labrado por un pico y una pala. Nos gustaba imaginarlos cuando apagábamos las luces y nos metíamos en la casita que juntas habíamos construido. Tomaste un diente de león, lo soplaste para ver volar sus blancas partículas y compartimos secretos.

Mi prima que no era prima, pero seguía siendo lo más valioso para mí, además de mis padres. No quería volver a mi casa de juventud porque tiene aún el aroma a café mezclado con el perfume que te ponías los domingos para ir a la iglesia. Pero volví. Éramos adolescentes ya, contabas nuevas historias acerca de la magia de las mancuspias y los cuadernos nuevos, decías que tenían poderes, que podías escribir para invocar la magia, siempre y cuando nunca nadie hubiera escrito en ellos antes que tú; los llamabas puros, intactos.

Y un buen día me pediste que me asomara a tus escritos y vi muchas imágenes ilustrándolos, muchas palabras como remolinos de fuego insistiendo en quedarse marcados al rojo vivo sobre mi retina. Era apasionante leerte, hasta esa última palabra de la primera confesión: amo, te amo. Y después de ese punto tu mano sobre mi nuca.

Supe entonces que aquél no era punto final sino el punto y seguido que encadenaba la confesión de una hoja con el acto anhelado en la realidad. Vino el beso, húmedo y tibio, tus labios de virgen intocada, pura, tu aroma de perfume de los domingos, mi mano buscando la piel de tu cuello, escurriendo como una delicada gota hasta tus senos. Tu mano conduciéndome hasta tu mancuspia, mi pasión, tu arrebato, el viejo reloj de madera del sótano.

Las mancuspias se habían desligado de aquél sentido primigenio en mi memoria. Y desde entonces mis manos no han acariciado más belleza, más amor que aquella tarde cayendo sobre tus piernas en ese que siempre había sido nuestro cuarto de juegos. Estoy ahora en el mío, esperando encontrar la mancuspia que me regalaste, acabo de encontrarla marchita. El cabello se reseca con el tiempo, pero es la memoria más viva.

Guardare te siempre en este, mi tiempo.

LoGB

La calidad del aire

Y así se podía estar uno, esperando el primer rayo de luna. “Me gustaría quedarme a vivir en la azotea” pensaba Julia mientras abrazaba sus piernas contra su pecho y contemplaba toda la ciudad. Era modesta su colonia, su casa, las calles que veía a diario, no había tanta inseguridad como en otros sitios y eso lo agradecía en silencio cada mañana, sin comunicarlo más que a un dios que escondía entre la costilla izquierda y el corazón.

Sonó su teléfono, era el veterinario, pudo saberlo desde que miró la pantalla. Sintió estrujarse su corazón, el diafragma se volvía más angosto, sin que ella pudiera controlar ninguna de ambas reacciones, odiaba eso, lo había odiado desde siempre. Contestó decidida, aunque temerosa por dentro, al tiempo que ponía su oreja en la bocina. Al otro lado del teléfono contestó Horacio, el veterinario, “¡vaya nombre ridículo y grave al mismo tiempo, imagino algo así como un tipo que cuenta las horas compulsivamente y que tiene un aire pueblerino en el rostro”, la mente de Julia era astuta.

-Buenas tardes, le comunico que su gata ha mejorado, sin embargo, no ha salido aún del inminente peligro de morir, se quedará en observación un par de días más.

Julia asintió desde el otro lado del teléfono sin que Horacio pudiera verla y luego simplemente afirmó con apenas un hilo de voz. Cuando colgó el teléfono la luna le comunicó con sus ojos lejanos de sirena varada que intentara olvidar lo que la acongojaba. Sintió entonces, aquella joven de tez morena y cabello cenizo, que debía entrar por su frazada y el cuaderno que usaba para colorear.

Una vez que se tapó comenzó el boceto. El rostro de su madre comenzaba por ser siempre una mancha, en las manos tenía a su gata, Hortensia. “Quisiera sostenerte los ojos, madre, con la punta de este lápiz y que miles de espirales te curaran silenciosamente, para poder dejarte marchar con el zumbido de las abejas, de la primavera floreciendo” pensaba julia mientras se comunicaba con los ojos de la luna.

Cuando era niña nadie comprendía su melancolía constante, tocaba el mundo con la yema de los dedos, tranquilamente. Luego le enseñaron a colorear y un día comenzó a dibujar círculos, luego círculos dentro de los círculos y entonces aparecía la línea de la boca y sus personajes podían respirar después de aprender a hacer aquél trazo sencillo de la nariz. Todos llevaban vestidos exóticos salpicados de colores. Danzaban, como solía hacerlo Julia todos los martes y jueves por la tarde, danzaban sobre el lienzo las gitanas y doncellas por igual.

Entonces aparecía al pie de su pupitre su único amigo, Ricardo, con su déficit de atención, arrojando fideos por el viento mientras los demás niños se burlaban y lo retaban a comerlos del suelo. A Julia ninguna niña le hablaba, era ella una anormal. Lloraba todo el tiempo, sentía miedo y nervios de ver la entrada de la escuela, de ver a la maestra mirarla fijamente como si conociera sus debilidades.

Era ese particular aire del colegio uno parecido al de una jaula. Julia se sentía en ese sitio como el canario de su bisabuela Inés dentro de su jaula, protegida del exterior pero siempre presa de los horarios y la disciplina de sus superiores. Y no podía volar lejos, hasta que descubrió una pequeña salida, invisible a los ojos de los adultos: el blog de hojas blancas que le había regalado su padre antes de marcharse de casa.

Respiraba a prisa cuando corría en Educación Física, sentía la sangre bombearle los órganos, las manos incluso, la planta de los pies. Asimismo, cuando la molestaban las niñas con que dejara de olerles el cabello, con que sus muñecas no eran lo suficientemente buenas para poder jugar con ellas. Un día una le arrojó tierra a su almuerzo, Julia enfureció y fue a buscarla para vengarse, otra le dio las señas particulares de la responsable, Julia la persiguió por todo el jardín hasta que la encontró. Estaba cerca de una cubeta de agua sucia con la que la señora de la limpieza acababa de trapear. Julia le reclamó y aunque ella lo negó, la empujó y se atoró en la cubeta de agua.

Pronto la directora mandó a llamar a sus padres, sólo fue su madre. Julia tenía problemas de comportamiento, según lo que logró escuchar a través de la blanca puerta de la dirección. Julia sabía que no era cierto, abrió el cuaderno y dibujó a la maestra Marielena señalándola con el dedo de la mano derecha y sosteniendo un martillo de la justicia con la izquierda, las niñas que la odiaban reían al fondo de la escena. La llenó de alegría poder dejar a la directora encerrada en esa hoja y apagar las risas de sus compañeras al voltear la página.

No sabía cuánto más duraría la primaria, pero estaba harta de tener que asistir llena de estrés cada mañana, de sentir que el desayuno se quedaba en su garganta. Unas veces dibujaba, otras hacia maldades y finalmente decidió que debía aceptar y tolerar su encierro. Durante el receso imaginaba su cuarto, los juguetes platicaban entre ellos, entonces los hacía venir para ayudarle a sobrellevar el almuerzo, le hablaban con sus ojos de botón y su boca de hilo.

Luego, allí al fondo del pasillo que comunicaba la entrada con los salones, estaba la ausencia de su padre, cada lunes, después de haber pasado el fin de semana jugando a ratos, otras ofendiéndose por los deberes que la cárcel le hacía pagar (como costo por no estar presa dentro de ella aquellos dos únicos días) y que ella detestaba. Entonces estaba la vuelta a casa y el vacío de su cama, los gritos de su madre, el televisor lleno de amigos impredecibles, la cena de leche y pan.

Abría su libro favorito en una página donde miraba al halcón, propiedad del alto jefe de un ejército de oriente, volar por encima de los campos y de algunas montañas de color gris al fondo. No era como el canario de su bisabuela, él en cambio volaba libre lejos de cualquier jaula. Pensó en la ventaja de volar, podría ella no tener que volver jamás a la escuela a mirar maestras enfadadas y niñas groseras, tal vez allí no tendría por qué sorber el aire a prisa. Tal vez a aquella altura el aire sería más ligero.

Ya en el sexto grado se dibujó a ella misma. Una Julia diferente, comenzaba a intercambiar amistades ahora no sólo con niños, las niñas eran más amigables. Una Julia nueva iba naciendo, una cuyos senos habían crecido y se petrificaban con el viento húmedo proveniente de los árboles, ese viento la sonrojaba. Había cesado el hostigamiento como lo conocía, eran ahora simplemente los prejuicios de los profesores los que la hacían mirarse como una anormal.

La secundaria la hizo reflexionar acerca de la importancia de ser ella misma, en un enredo de continuas peleas y descontentos, inquietudes propias y ajenas, ella era discontinua porque su soledad le había enseñado a caminar erguida aunque rota por dentro. Las ausencias siempre le repiqueteaban por dentro. Buscaba la amistad en el aire y el aire mismo le hizo mirar la belleza en los cabellos de Ivone, cuando jugaba con ellos por las tardes y Julia la contemplaba reír al bailar. La atrapó en las 20 últimas páginas de su blog de infancia, se iba quitando una piel de papel obsoleta para sus nuevas necesidades.

Llegó de improviso a la preparatoria, ya no estaban los cabellos de Ivone para recordarle que el mundo era bello y compró un nuevo blog en el que capturó rostros hechos de puntos de un mismo color, aprendió a utilizar el carboncillo para tomar una foto de la fachada de su escuela y un buen día las acuarelas le permitieron llevarse un retrato de sus mejores amigos. Luego vino el viento y se llevó la vida de su amiga, a quien miró durante un par de minutos en la caja y después llevo al lienzo con su recién comenzada técnica de óleo.

La universidad le permitió cargar sobre sus espaldas lo bueno y lo malo, convertirlo todo en materia nueva, mirarlo con un ángulo más luminoso. Julia pintaba como una demente, hacía dibujos desde su azotea todas las noches, temía por su vida algunas noches en que se sentía tan cercana a la luna. El aire venía del norte entonces y le daba nuevos bríos para tomar el blog y abrir la jaula, nunca antes se había percatado que al fin había salido a sentir el nocturno cielo.

Se colaba el aire por su nariz, ella ya no respiraba a prisa sino lentamente. Iba bajando hacía los largos bosques de la adultez y pensaba que ahora la jaula le quedaba pequeña. Ahora ya no estaban detrás de ella sus profesores y profesoras, recriminándole su solitaria presencia y aplaudiendo los dibujos que ella permitía de vez en vez que vieran, era tiempo de mirar sin nadie detrás, lo sospechaba.

Casi terminaba de dibujar a su madre con Hortensia en brazos cuando el frío le impidió continuar en la azotea. Poco faltaba para que saliera finalmente de esos barrotes impuestos durante años y años, podría pintar al borde de los márgenes y derramar pintura sobre el suelo que luego se dedicaría a limpiar, la vida comenzaba. La voz de su madre iba disminuyendo.

Entró y la contempló llena de toda su fragilidad, le besó la frente, duraría en aquél sitio muchos años más, mientras ella dibujaba a su costado; pero al pie de su tumba ella podría extender las alas y romper la ya de por sí maltrecha jaula. Era amor una puerta de salida y también de entrada.

Julia iba definiendo los contornos del recio rostro de su madre, los tiernos gestos de la gata Hortensia, miraba un único lucero por encima de las azoteas tristes de su barrio. A la siguiente noche llamó Horacio, la gata agonizaba, tenía que ir a despedirse. Julia llegó tan a prisa como pudo y le acarició la barriga, el cuello y detrás de las orejas, Hortensia comenzó a ronronear como despidiéndose de la vida. Julia siempre había creído que aquellos ronroneos eran energía cósmica atravesando el cuerpo de la gata. Hortensia la miró complacida y cerró los ojos lentamente, parecía simplemente dormir.

Luego el ataúd y la ceremonia fúnebre. Julia lloraba desconsolada y guardaba su segundo blog de dibujo en el último cajón, donde guardaba también el primero. No sabía qué hora era, pero a pesar de su tristeza, sintió sus alas desenvolverse lentamente, no exentas de escalofríos. La jaula quedó detrás suyo como un viejo armazón oxidado. El aire era su medio conductor hacia un nivel más alto de belleza y la imaginación, esta vez ella, le dejaba caer desde el cielo pequeñas gotas de colores. “Es la mente del artista una puerta al socavón más oscuro y al aire más denso, pero también al cielo inexplorado y al aire más ligero” susurró para sí misma Julia mientras miraba todo el mundo desde su caballete.

LoGB

 

Advertencia anónima a un sabio meditabundo

Abriéndose paso entre los pictos y los escotos, se aproximó hasta la fuente que lo había visto reflejarse en tantas ocasiones con un pelaje blanco y grueso. Miró sus propios ojos, no habían cambiado tanto de aquél tiempo para acá; incluso con la barba larga y nívea y el luengo cabello encanecido, se podía vislumbrar la misma certidumbre de los hechos más próximos. ¿Cómo podría entonces comprender la perdición que siglos después lo condenaría?

Era el amor un juego distinto, tal vez más perverso que la cacería de la que alguna vez fue objeto cuando, convertido en ciervo por propia voluntad, corría por los vados y con el simple hecho de imaginar ya se hallaba en Avalon. Jamás sus grandes ojos negros imaginaron la corte romana, aunque su corazón la intuía.

La sabiduría lo hacía correr despavorido, pero pudieron más los largos cabellos pelirrojos de la cazadora, sus suaves palabras, pudo más el arco certero de Artemisa. Y una flecha ardiente le atravesó el seso, no quedaba más que apurarse a beber el agua pero esta vez el abrevadero estaba envenenado.

Huye de Roma, recorre Demetia, mírate nacer nuevamente en Carmarthen, tú que puedes ver lo hecho, lo dicho y también lo que está por venir; flota por los contrariados caminos del bosque Calidón, pero no vuelvas nunca tus ojos, Myrddin, hacia el amor.

LoGb

Poema en dos

Y de pronto esta amistad.

Te abrazo y te aprieto

no me sueltas

nos estrujamos.

Somos dos aves

cada una tiene un ala

rota

yo la izquierda

tú la derecha,

un par de aves

pardas, trigueñas,

tratando de formar

con este empeñado

estrujamiento

un nido imaginario

bajo la piel del sueño.

LoGb