Una rolliza dama sentada en una silla

Cuando te vi, supe que tenías una de esas lenguas que cortan el aire, una de esas pieles que captan la luz más ténue y la magnifíca, que tus cabellos largos podrían cubrir tus pechos y el mundo, alegrar la taberna; que, sin duda, me pertenecías en una realidad paralela, aunque ahora yo fuera una simple unión de madera con clavos, y las hebras de tu cabello escurrieran por mi respaldo que con dulzura las cargaba.

Mírame, aunque me des la espalda. Yo soy solamente una escultura más, con mis bigotes tan cuidadosamente tallados, con mi sombrero, mis piernas largas, mi figura espigada, de ser un gran caballero, luego un clásico en los libreros, paso ahora a ser una silla de adorno en este largo pasillo.

Pero te cargo, sostengo tu peso, tus muslos, tus brazos descansan sobre los míos; al fin te tengo, mi Dulcinea, estás en mis brazos. Y aunque me reventara en astillas moriría por ser nido tuyo, por abrazar tu rolliza figura antes de desvencijar mis piernas o quebrar mi atizado corazón, mi madera, mi pasado, el libro al que pertenezco. ¡Abrázame lo que dure la guerra; cuando quede manco, por dos veces y cien noches, mi dueño no me escribirá jamás desde la prisión de sus sueños!

LoGB

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Las Moiras no siempre están despiertas

En el sexto grado me interesé por la magia, por el ocultismo, la cábala, masonería, rosacruces, en fin, me causaba un gran desasosiego nocturno el hecho de no pertenecer a ningún grupo que recurriera a tales prácticas como forma de vida. La demás gente me parecía simple, absurda, la plática con las que antes consideraba mis grandes amigas se iba volviendo torpe con el paso de los meses, conforme más me adentraba a esos mundos invisibles a la vista del enajenado.

Había un libro negro en la biblioteca de la secundaria a la que entré por aquellos días, quise pedirlo prestado pero la anciana mujer de la biblioteca se negó rotundamente, argumentando que solamente contaban con ese antiguo ejemplar en toda la biblioteca, si se perdía porque algún estudiante lo robaba, se quedarían sin siglos de supersticiones y encantamientos para siempre.

Me fui aquella tarde sumamente enojada y triste. Necesitaba conseguir aquel libro, no me importaba que fuera a hurtadillas, yo lo llevaría a casa para poder leerlo con detenimiento y una vieja no iba a impedírmelo. Por aquellas épocas de mi juventud la tecnología apenas daba sus primeros pasos, estaba en pañales en los países desarrollados; como ya estarás adivinando, atento lector, en mi pequeña ciudad tercermundista apenas y estaban llegando los ordenadores grandes y pesados, pero al alcance de aquellos que podíamos costearlos.

Mi hermana Selene quería hablar por teléfono con su infantil novio, pero yo necesitaba consultar un ritual vudú por internet antes de la medianoche porque debía persuadir a la vieja necia de la biblioteca, o lo que era mucho mejor: hacer que se enfermara por algunos días, de manera que yo pudiera sustraer el libro sin que se sospechara de mí, pues sabía muy bien que yo se lo había pedido y sería demasiada casualidad que al tiempo se perdiera de los estantes.

Allí estaba, en el portal de un sitio de hechicería: la receta para hacer un muñeco a escala. Fui por la tela color mamey, la guata y más telas para confeccionar las prendas que siempre utilizaba la anciana; al final unos ojos de gomitas de azúcar azules, nariz de tela y boca pintada de carmín con un viejo barniz, cabellos de estambre color gris claro. En mi suéter tenía algunas de sus canas que volaban casi siempre a pocos metros del estante donde atendía.

Un corazón de ratón envuelto en sus canas coloqué en medio de su pecho de guata y lo cocí con hilo y aguja. A mis ojos, la muñeca era idéntica a la anciana, casi tanto que por las noches podía escuchar sus latidos desde el neceser donde la había ocultado en el segundo cajón de mi ropero. Naturalmente aquello podría ser cierto o una sugestión, el punto era que para mí esa muñeca era nada más y nada menos que la anciana bibliotecaria.

No buscaba hacerle un daño mayor, sólo estaba entorpeciendo mi plan y necesitaba quitarla del camino un par de días. Habían trascurrido tres o cuatro días, el lunes el libro negro se notaba lustroso, acomodado con cuidado en el tercer nivel del librero de la biblioteca, yo no lo había tomado en cuenta desde la semana anterior, para no levantar sospechas en nadie. Observé que a lo lejos me miraba la mujer, sentí que esa noche era la idónea para llevar a cabo mi plan de enfermarla y robar el libro en uno de los días que ella faltara al trabajo.

Por la noche saqué la muñeca del escondite cuando ya todos dormían. Selene era la única despierta en su habitación, pero no estaba atenta a nada, salvo a la pared que miraba fijamente mientras intercambiaba palabras románticas y asquerosamente cursis por el teléfono. Me escurrí lentamente por las escaleras, como una serpiente sigilosa y precisa, curveaba mi cuerpo y dejaba a mis pies deslizarse libremente por los escalones. Apretaba entre mis manos a la muñeca sin darme cuenta, como una boa constrictor, hasta que llegué al refrigerador.

El congelador era demasiado, moriría si la dejaba allí toda la noche, me pareció sentir su latido en la palma de mis manos mientras pensaba cómo se vería congelada. Calor humano proveniente de una muñeca de trapo, tela, guata y un corazón ensangrentado perteneciente a un roedor, mi superstición me dictaba que era cierta mi percepción, pero yo misma a veces me sentía ridícula.

Era éste mi primer ritual mágico y me lo cuestionaba, ¿sería entonces que no debía ser bruja, tal vez no tenía madera de hechicera? Entonces… ¿Cabría la posibilidad de que antes de convertirse en una, las mujeres en cuestión pensaban lo que significaba tener poder en sus manos, o saber cómo controlarlo siendo tan humanas como Zeus o Juno? Y, finalmente, ¿Se percatarían de la responsabilidad, serían lo suficientemente sabias para no dejar maltrecho a un inocente? Porque naturalmente se rompen leyes divinas, pero ¿si se quebrantan para hacer el bien?

No pude evitar pensar en mi esencia, ¿era yo buena o mala, o simplemente una herramienta para que se cumplieran ciertas situaciones que afectarían a otros? O ¿y si solamente era humana? Tantas cosas atravesaron por mi mente en esos pocos minutos que permanecí inmóvil frente al refrigerador, comencé a sentir frío. Me pregunté si aquella anciana tendría familia, seguramente les afectaría que se enfermara por el frío, tal vez el tercer hijo de la mujer, llamado Felipe Flores, sentiría culpa por su alcoholismo al mirar a su madre internada con pulmonía y no tener para las medicinas y no visitarla nunca hasta antes de ese momento.

Turbias imágenes de hombres y mujeres llorando se me presentaban, en ese espacio que no es real, en una memoria pasada o tal vez creadas por mi propio cerebro. ¿Y si no era el destino de la mujer sufrir pulmonía en el amanecer de ese martes otoñal, si cambiaba el curso de las cosas, si yo arrobaba un pesado tronco a la corriente del rio y se desbordaba a sitios jamás imaginados?

Me dije a mí misma que no era momento de pensar en estupideces, debía actuar. Tomé una mano de tela para sostener las cazuelas calientes de mi madre y en ella arropé a la muñeca, la metí al fondo del refrigerador. De regreso a mi cuarto puse la alarma a las 5 am., puesto que a esa hora se paraba mi padre para ir a trabajar y no debía encontrar la muñeca en el refrigerador o pensaría que había perdido la cabeza. Dormí profundamente y me hallé de súbito en la biblioteca, frente al libro deseado, destellando con un leve rayo que provenía del ventanal del pasillo.

La dicha era indescriptible cuando lo tuve entre mis manos, abrí su cubierta y me encontré con el primer hechizo que leía todas las tardes en la biblioteca: “Cómo crear un homúnculo”; luego estaba allí la segunda hoja, una ilustración de Paracelso y en la tercera la de una cornamenta grande y lustrosa. Lo recordaba casi de memoria. Pasé entonces las siguientes páginas, era extraño pero sentía que me sabía los hechizos de memoria, como si los hubiese leído toda mi vida, incluso más allá: me pareció percatarme de que yo misma los había escrito, pero naturalmente eso era imposible, eran del principio de los tiempos, habían nacido con el pensamiento del mundo en esa noche en que todo se creó.

Vi entonces a la anciana al fondo del pasillo, sus dientes castañeaban y me miraba con ternura, pero no emitía palabra alguna. Los muertos tienen prohibido hablar, pero yo a ella no la quería muerta, sólo en otro sitio. Felipe Flores era su hijo, se sentiría culpable. En el fondo yo ni siquiera lo conocía, qué más me daba si estaba alegre o triste, apesadumbrado o inundado de pasión bajo las sábanas con tiernas vírgenes de la calle del ensueño. Lo que importaba era yo, no el mundo, no la masa sin forma que era la humanidad.

Sentí un gran cansancio mental y físico cuando aparté mi mirada de aquella mujer de cabellos canosos y revueltos, cerré el libro y lo abracé con fuerza. Ella comenzó a hacer un sonido agudo, me sentí desvanecer por aquel pitido del infierno que provenía de su garganta y desperté en mi cama, bañada en sudor y con el despertador sonando en mi oído.

Me levanté a prisa y me escabullí como serpiente por las escaleras. Abrí la puerta del refrigerador y la muñeca ya no estaba, sentí un escalofrío recorrerme todo el cuerpo. Intuí de inmediato que Selene había tenido algo que ver, así que fui corriendo a su habitación. Por algún motivo desconocido, Selene dormía abrazada de la muñeca, pero ésta ya no tenía ojos, la muy imbécil se los había comido. Pensé en despertarla para reclamarle, pero ¿cómo justificaría la existencia de la figurilla extravagante?

Caminé lentamente y con mucho cuidado logré quitársela de los brazos, no tenía idea de cuál sería la repercusión, probablemente la vieja quedaría ciega. Bueno, la ceguera era una buena razón para no ir al trabajo, cuanto y más para no poder reconocer mi rostro cuando me robara el libro negro. Sin que yo lo buscara, todo había salido mejor de lo esperado, el destino me favorecía.

Guardé la muñeca nuevamente en el neceser, pero en esta ocasión le puse candado por si a mi hermana se le ocurría buscarla. Al amanecer fui a la escuela como siempre, salvo que ya a la hora de la salida fui a la biblioteca y efectivamente, la mujer no estaba en su lugar de trabajo, en cambio estaba un joven pálido y ojeroso. Tomé poca importancia al asunto, era muy tonto que hubiera preguntado por ella, sería igualmente sospechosa. Caminé hasta el librero y tomé el libro negro que tanto anhelaba, pensé que nadie se percataría hasta que el joven gritó: “¡Hey, tú! No toques ese libro, mi madre me lo encargó especialmente ahora que perdió la visión. Hasta que ella se acostumbre a la ceguera, estará bajo mi resguardo”.

Parecía una broma, pero era cierto, Felipe Flores sentía culpa y estaba allí haciendo lo que nunca en su vida: trabajando para ayudar a la vieja. Me quitó el libro de las manos y se lo llevó a custodiar a su estante de trabajo. Me sentí furiosa, realmente furiosa, si no podía tener ese libro, ¿Cómo iba a ser la gran bruja que mi hermana Serralba me había augurado?

Volví a casa y pensé que no quería ser una muchachilla sin destino, no me lo podían arrebatar los hechos inesperados, estaba escrito, necesitaba cumplirlo para tener una razón de ser, un sentido. Selene se peinaba en el espejo cuando entré a su cuarto, ella guardaba las agujas y los alfileres. Me dijo de repente que no me los llevara, que había tenido un sueño extraño y al despertar sabía que debía evitar a toda costa que yo jugara con agujas, ni alfileres.

La maldije mientras corría hasta nosotras Serralba, casi sin aliento nos dijo que nos detuviéramos, que ella sabía que aún no era el tiempo de la anciana, que los oráculos habían hablado. Selene estaba atónita, pero igualmente sabía que no debía permitirme jugar con aquella muñeca. No escuché a ninguna, rápida como una serpiente entré a mi cuarto con una caja de cerillos y me encerré allí.

Miré en mi pensamiento a Felipe Flores, lo conocía quizás de antes, me había sido encargado por Selene. El amor no nos corresponde a las brujas, era una mujer sabía y mi hermana no debía decirme qué me era permitido. No tenía la certeza de si era bruja o no, pero conocía bien que no era una mujer normal, vibraba en mi cuerpo una energía poderosa. El calor de mis manos era basto, podía dar vida y muerte con el fuego, por lo cual hice un circulo con velas y al centro puse varios cerillos formando una fogata inactiva.

Felipe Flores era nuestro amante, quien amaba a una hermana, nos amaba a las tres. A la vida, al trascurso de la misma y a la muerte. Él jamás lo supo, fue un capricho que nos permitimos las tres mientras trabajábamos sin descanso y dialogábamos, cuestionándonos cuál era la alegría, la diversión de lo mundanal. Arrojé una chispa de la palma de mi mano a los cerillos y comenzó a arder. Me había impedido gozar de la magia del humano al alejar de mí aquél hermoso libro, a Selene la había hecho arder en el centro de lo carnal y a Serralba le había dado la pista de mi destino en su consulta a los oráculos. Él mismo había decidido su desenlace.

Cuando más ardía el fuego, formando una alta llamarada, arrojé allí a la vieja ciega. Cabe destacar que mi intención no era matarla, sólo apartarla de mi camino, aunque esa mañana me halla quedado dormida y mi hermana la hubiera rescatado, ahora no quedaba opción pues su hijo me había enfurecido. Mi ira solamente se detendría produciendo un efecto desgraciado sobre el curso de la vida de Felipe Flores, quien antes jamás me importó.

Mis hermanas lograron abrir la chapa del cuarto cuando ya era muy tarde, la tela, la guata y el corazón se habían consumido dejando a su paso cenizas simples. Serralba me sacudió, Selene me abrazó y finalmente me acercaron una bebida a los labios. El sabor del tiempo, un beso lejano y el recuerdo de la creación. Mis ideas eran coloridas y se fueron destiñendo, el cuerpo que me alojaba se fue volviendo suave, inerte.

Sentí un soplo helado, luego llegó la luz y volví a despertar, estaba en el mismo sitio del que me había marchado apenas unas horas antes. Mis hermanas me saludaron, seguían hilvanando un hilo de vida tras otro. Selene me reprendió: “¡No sigas jugando a eso, ya salió mal en el pasado!, mi corazón no es el mismo y ahora estás ciega, una serpiente ciega atrapando ratones no es tan divertido”.

Giré la cabeza hacia Serralba, tomaba de su cabeza un cabello y lo soltaba a la fuente enfrente de ella, se miraba el rostro de un ser nuevo, pequeño, tenía apenas el soplo de vida. Desde aquel juego tuve que mirar con el tercer ojo siempre, el alma por delante. La muerte no puede darse ciertos lujos, pero a veces se queda dormida mientras sus hermanas tejen los hilos del destino y se imaginan humanas, vivas, enamoradas.

Equidistancia

La flor blanca y la roja no sabían que iban a conocerse, no querían saber de relaciones amorosas, tenían miedo a la cercanía con otras flores porque conocían que todas tenían dentro de si un gran poder, una fuerza impredecible: más que las espinas, la persuasión.

Se miraban en el espejo de agua, una muy bella, la otra también, el tallo fuerte, la mirada de sus pistilos siempre curiosa. La constancia del viento sobre sus pétalos las hacía moverse de un lado a otro, la vida del agua corriendo por sus raíces podía significar la alegría. El sol les susurraba que eran sus favoritas, que el tiempo era corto pero maravilloso.

Y un día se vislumbraron la una a la otra, de un lado del espejo de agua hasta el otro llegó una flecha colorada, purpurina, silbando. Las atravesó a ambas rápidamente, con una delicadeza inigualable, dejando como única marca un pequeño agujero uno de sus pétalos. Ambas se sonrojaron mientras se veían, se movieron las curvas, los contornos.

Sus ojos impregnados de rocío se sintieron dichosos, las flores estaban enamoradas en plena primavera. Moriría con ellas el amor, pero tenían aún algunos días antes de marchitarse. Obligaron a sus raíces a moverse por debajo de la tierra. La flor blanca podía intuir la humedad de las raíces de la roja. Se esforzaba para moverse y llegar hasta ella. Sensitiva, la flor roja hacía lo propio.

El sol las miraba perplejo, mudo en el cielo, sin poder mostrar todo el asombro que en su abrasivo interior sentía. Las flores se aproximaban en absoluta calma, perseverando día y noche, hasta que al fin estuvieron a centímetros la una de la otra.

La flor blanca y la roja sintieron que entraban en una atmósfera cálida y agonizante. Dentro de ellas el agua fluía de una forma que nunca antes habían experimentado, tibia el agua dentro de los amantes. Dos flores sudaban al acariciar sus tallos, los pétalos iban escurriendo de agua tibia, olorosa, iluminada por los rayos tenues del atardecer.

Frotaban ya sus pétalos, los tallos se iban entrelazando para formar la perfecta figura de dos serpientes que se abrazan en giros amatorios. Sudaban aroma delicioso las flores, se iban alargando sus tallos, creyeron alcanzar el cielo en su danza de amantes locas de pasión.

Apareció la noche soberbia y se fueron marchitando, así juntas, así entrelazadas. El espejo de agua, que había visto todo, sintió tristeza por ellas y la luna que festejaba con sus rayos a todos los amantes que se desnudaban en habitaciones distantes le concedió a aquél espejo un favor.

Las flores agonizaban juntas en un abrazo, el espejo de agua extendió sus brazos para cubrirlas, vivieron bajo su manto de agua cálida.

Que nunca las despierte el destino.

Carámbanos de hielo cuelgan de mi tristeza

Me gustaría que cada persona con la que hablo pudiera comprender este dolor, pero para comprender un sentimiento hace falta sentirlo exactamente como lo siente quien lo lleva vivo al momento de enunciarlo, a quien le afecta el sentirlo. Y nadie puede.

Resulta que todos han sentido el dolor de terminar con alguien a quién aman pero cuando se los dices, cuando te desbordas en lágrimas, todos parecen estar sin una sola mueca, contemplando lo inexplicable. Y yo que siento aquí dentro, en medio de los dos pulmones cómo entró una navaja, se clavó allí y luego algún vuelco del destino con su mano invisible lo sustrajo del mismo sitio, no sé con qué cubrirme la oquedad que me dejó, no sé cómo maquillar la herida. Y hablo de ocultar, hablo de maquillar, porque tengo claro que son las únicas dos acciones que puedo llevar a cabo, no puedo llenar el vacío, no puedo curar la herida, aún está muy fresca y de sus bordes aún resbalan escarlatas gotas de empeño y dolor.

Muchos dicen que me gusta sufrir, que es mejor tomar alcohol hasta perder el conocimiento. Traté anteriormente y no me sirvió, solamente terminé teniendo la peor noche de mi vida, postrada en mi cama sin poder recostarme a descansar porque sentía que me hundía en el colchón y todo alrededor daba vueltas. Me faltaba saber que era yo y ni siquiera tenía tiempo de sentirme corporalmente, ya no digamos la tristeza, que de cualquier modo no se marchaba.

Los consejos vienen de lejos, habitan en selvas utópicas donde siempre sucede “lo que debe ser”, “lo que más conviene”, “lo que nos beneficia”, “lo que conserva intacta nuestra dignidad y nuestro amor propio” pero aquí en la realidad de los hechos y de los individuos que pisamos el asfalto y almorzamos a las 11:00 am., no sirven para un carajo, aunque a veces sus ecos nos hacen sentir más fuerza en las piernas para subir esa ladera que de tan inclinada nos deja sin aliento cada tres pasos.

Mis amigos mascullando lo que mejor les sale del corazón, entiendo que tratan de proveerme un poco de serenidad, de suscitar en mí las carcajadas o aunque sea una leve mueca de alivio. Y luego están mis pesadillas, apareciendo entre un suspiro y otro, recordándome que me habían presagiado lágrimas y dolor futuros ¿por qué nunca hago suficiente caso a mi intuición, por qué permanezco en el ojo del huracán? No tengo respuestas a ello, solamente la promesa de cambiar y de seguir a mi tercer ojo y sus visiones.

Me estoy desatando de tu energía, del vínculo que va muriendo ante mis ojos, que hemos decidido matar ambas. Sé que tú decidiste terminar, que tenías otras prioridades, yo traté de hacer lo posible y hasta lo imposible para que funcionara a pesar de las cosas que tenías que hacer. En verdad quería que se arreglara, que pudiera dilatar el tiempo con un polvo mágico para que tú te permitieras estar por lo menos un par de horas más a mi lado.

El suburbano se va vaciando de pasajeros, cruza por arriba del puente, abajo se ven pequeñas siluetas humanas. Comienza a invadirme la ansiedad de buscarte, de hablarte por teléfono, de escuchar tu voz, y (más como un sueño) de tocar tu piel, pero sé que todo lo tengo vedado. No sé hasta qué punto pueda soportar, de lo que sí tengo certeza es que tendré que hacerlo por siempre, porque no hay vuelta atrás. Después de tantos desprecios, de tantas heridas que se hundieron en mi corazón con tus palabras, al mismo tiempo que los buenos recuerdos a tu lado, no me queda más que resignarme a reconocer que no quisiste seguir.

Es tiempo de descubrir el espejo y volver a mirarme, a pesar de que tus brazos ya no estén allí para enlazarse con mi cuerpo. Y tendré que caminar con el dolor a cuestas, el dolor de tu ausencia, del vacío que me dejas entre ambos senos, del amor y el deseo que aún tengo por ti. Toda la vida parece injusta desde este rincón del mundo, desde este tiempo amargo del que formo parte.

Me forjé una corona de ilusiones, de planes a futuro contigo de la mano, me sentía invencible contigo apoyándome y te retribuía con gozo y un infinito amor, todo lo que tú me dabas. Esperaba poder seguir siempre, que vieras el mundo a través de mis ojos para que supieras comprender que no todo lo era el dinero, lo material, que podíamos vivir con menos billetes y más besos. Pero dijiste siempre que todo lo que quería era una bella fantasía infantil, porque no, el dinero lo era todo, poseer.

Y ahora aquí estoy y tú allá a lo lejos, ambas frente a la computadora, yo desahogándome escribiendo y tú verificando números, tuberías, plantas, monstruos de metal. Ya nada remedia la distancia que nos separa, porque renunciaste al amor y yo al olvido, a que me volvieras parte de tu cotidiano ajetreo y me llamaras “amiga” para luego pretender serlo, fingir que no te deseo y que ya no te amo, recibir tu respeto y un hipócrita amor filial que no podría existir jamás entre ambas. Es como probar el caviar y después volver al atún sin extrañar el primero, fingiéndose ciega para no mirar las claras diferencias entre el primero y el segundo.

Toda la vida es tan paradójica. Me conociste en uno de los peores momentos de mi vida y me ayudaste a salir de él, a superarlo, y mira a dónde me conduces en este instante, a otro de los peores momentos de mi vida, al encierro, viviendo entre oscuridad y dolor constante. He salido al exterior buscando el olvido de tu imagen, me impregné los ojos de nubes y de flores mientras corría por el único campo cercano a mi casa, puse música clásica a todo volumen. Sentí por un momento la invitación a otro plano, en el que todas las cosas son una misma: el trinar de los pájaros, el viento meciendo los árboles, el sonido de mi trote sobre la grava, en medio de las hojas y las flores.

Me ayudan a seguir viva esos momentos, esas sensaciones tan lejanas del dolor, casi podría afirmar que son las únicas que me sostienen: esas pasajeras sensaciones y las charlas con mis amigos en algún café, su búsqueda de sentido ante mi opinión adolorida de este episodio de mi existencia. Se van volando las horas alrededor de nosotros, como grullas que aletean y nos entretienen, somos inmunes ante la forma en la que planean a lado de nuestros hombros. Y vuelves a salir tú a la charla, tú y el recuento de los hechos, mis esfuerzos por continuar, el pensamiento obsesivo de lo que pudo ser. Luego la voz de mis amigos me regresa al presente, duele de nuevo.

Saber que ya nada de lo que planeamos podrá ser y que de un borrón extinguiste de la hoja para siempre todo lo que con palabras habíamos construido. Al fondo de mi recuerdo, de nosotras juntas, una melodía relajada, un deseo de ser por mí misma, a pesar de lo que me digan los demás, del desánimo de las cifras de desempleo y de la poca fe en la literatura, en el arte, en la escritura. Además de tus frases siempre contradictorias: que yo puedo, pero no quieres para ti un salario miserable, que soy muy buena en lo que hago, pero que busco vivir en una utopía. Todo lo pronunciado tiene un sentido que contrasta con el resto, que no encaja, como yo en tu vida a destiempo, siempre a prisa los besos y el tiempo del amor y de los gemidos.

Bajo del suburbano y camino a casa, no hago más que ver a mi alrededor, alguna vez una profesora de danza me enseñó a sentir que el camino me caminaba a mí, se aproximaba a donde yo estaba y no como ocurre siempre: al revés, yo caminando las aceras. Y evoco un extrañamiento de la realidad, el bullicio de los autos se hace presente, no pienso en ti cuando escucho otra cosa, cuando fijo la mirada en aquello que tengo enfrente.

Trataré de seguir viviendo contigo o sin ti y a pesar tuyo, aunque te haya amado tanto, como a nadie, aunque te siga deseando irremediablemente. Tengo que pasar por encima del dolor, dejar de pretender explicarlo, porque aunque trate, parece que hablo en una lengua distinta ante mis receptores quienes no sienten lástima, más bien todos actúan como si se vieran en mí a sí mismos en algún punto pasado de sus vidas, pero un ángulo no les es completamente revelado por más que yo trate: el dolor propio, el que considero como único en esos precisos instantes, el mío.

Un frasco inusual

No quiero volver a la tesis sin antes escribir esto. No es muy tarde, tengo solamente el tiempo suficiente: lo que me toma trasladarme de la universidad a casa. Quizá es que el destino quiere que escriba esto antes que ocurra cualquier cosa, porque pasan los días y me voy oxidando, quiero trabajar pero no encuentro un lugar adecuado para escribir. Pero no plasmar cosas superfluas, no lo que el alguien me dicta desde un escritorio, con un interés distinto al mío, al genuino.

No había reflexionado antes sobre el sentido de la escritura, para mí lo ha sido todo y sólo una parte, al mismo tiempo. El anhelo que tengo de la cinestesia me permite apenas estar unas horas sentada escribiendo, dejando brotar ideas para luego trasladarlas a mapas, muchos mapas de tinta, luego palabras unidas por conjunciones. Las voy recostando sobre el papel para que duerman mientras yo velo por ellas, mientras las arrullo con el sonido de mis pensamientos, ¿o es que acaso el papel no los escucha?

Recuerdo cómo muevo de un lado a otro de la sala. Quiero un escritorio lo suficientemente cómodo para no tener que levantarme, para dejar de lado esta ansiedad que me produce tener que interrumpir mis ideas para beber agua, comer, ir al sanitario. Pero el cuerpo me ata a la rutina de la vida y sus necesidades, no lo puedo evadir y me imagino mirándome fijamente a los ojos, ineludibles. Tengo ganas de contarme un cuento a mí misma, de navegar los océanos de hojas blancas que tengo para llenarlos de historias.

La vida transcurre y he venido a ella a contar mi historia. A través de ella se contarán las de muchos, las de todos aquellos a quienes conservo como una imagen, pero no una fija sino una en movimiento. Se van engarzando los papeles, se va construyendo una página gigante y yo la necesito para contar lo que los demás callan, pero viven. Voy viviendo y al mismo tiempo quiero ir contando, no hay excusas. Hace algunos meses era el tiempo, ahora lo tengo sin apuro, a manos llenas y eso es mucho decir; hay desgraciados que no pueden tomarse ni cinco minutos, eternos esclavos del trabajo.

Me detesto por perderlo, ¿Que cómo lo pierdo? Sin escribir. Pasa hora tras hora, se van siguiendo el paso en un espacio abstracto, cuyo reflejo es una pantalla con puntos de colores o una serie de engranajes: el reloj. Y luego están los calendarios, advirtiéndome que ya paso otra semana y yo he escrito mediocremente dos textos a la semana. Se apodera de mí el miedo y la desesperación: ¿hasta cuándo seré capaz de vencerme a mí misma y escribir realmente tantas historias como piensa mi cabeza?

Cuando nací, un ángel silencioso puso sobre mi mollera su dedo, a través de ese entramado de materia incorpórea fluyeron distintos rayos que venían de ese lugar acerca del cual debo guardar silencio. Para ese momento aún no tenía consciencia de ninguna traba, de ningún desacuerdo ni enojo, tampoco del trabajo, ni del tiempo. Todo parecía completamente normal en aquel sitio cuyas coordenadas no se pueden conocer. Vino entonces mi mejor amiga, la virtud que a veces me ha salvado y otras me ha arrastrado a las peores acciones: la imaginación.

Desde entonces hemos caminado tomadas de la mano, como dos amantes enamoradas. A veces suele querer confundirse con la intuición, en las noches me hablan ambas, una a cada lado de mi oído y yo las escucho esperando respuestas a eso que quiero ser en el futuro. Y ya ha pasado el tiempo, mi paraguas se ha comenzado a humedecer con la lluvia; la voz de mi padre me repite que no me va a ser eterno, yo no sé si escribir estupideces para ese sitio de moda de los millenials o invertirlo en escribir cosas que podrían no interesarle a nadie. No sé por qué he venido a nacer a esta época tan vana.

Estoy en la parada del autobús, en realidad nada de eso que pienso importa mucho en este momento, no estoy escribiendo mi novela, simplemente estoy pensando; estos pensamientos se irán escurriendo, como las gotas de lluvia a través del nylon de mi paraguas, y entonces no serán nada, caerán al suelo, los absorberá la tierra, luego serán humo, simple humo. Y yo tendré una página vacía más, otro día que se ha apagado.

Quiero tener una amante, mi musa demente me ha mandado ya mensajes de voz esta mañana, curiosa manera de relacionarme con el mundo: por voces. Quiero más besos, más aromas, más piel. Thalía a lo lejos, con su antipatía, con su rostro hermoso y vacío, me sonríe. Anhelo ir al encuentro, temo ir al encuentro. Como todo en mí, los pensamientos se desbordan, son inconexos, se van atrofiando, protestan por no poder salir todos juntos. Necesito el instante del encuentro, del sudor derramado y los besos, uno tras otro, una lengua tras otra, como olas que se forman alrededor de mis pezones, luego en mi sexo. Parece que no ocurre nada y de pronto el éxtasis y el gemido.

Sigo esperando el camión, parece no querer llegar, la lluvia alenta todo, pero a mí el calor me transporta al lugar de la inacción, de la molicie perpetua. Que se termine el calor, que llueva diario justo como ahora, no me importa que las calles se pinten de gris, por lo menos tendré la capacidad de pensar un poco más, más a menudo, más claramente. Al fin ha llegado el autobús.

Lo abordo y me siento en la butaca a lado de la ventana para ver llover mejor. Ahora, aquí sentada, todo parece mudo pero alegre, escucho canciones de piano de fondo. En la total inconsciencia observo cómo el camión avanza y la parada en la que me encontraba unos minutos atrás se va volviendo diminuta a través del espejo retrovisor. Conservo la calma aunque intuyo lo que me espera, no todo puede ser diversión eterna.

Militares van ocupando el paisaje de las calles antes serenas, se van dibujando como una mole que proviene de las coladeras y poco a poco va tomando una forma humana, verdes manchas se van plasmando por las avenidas. Comienzo a tener miedo, no sé de qué manera podré ocultarles el paquete que llevo entre mis brazos, cómo podré llegar sana y salva a casa. Escucho a mi madre preguntarme por qué se me ocurrió salir a la biblioteca de la universidad justamente hoy, y es que este puede ser cualquier día, nada particular.

Pienso nuevamente en mi musa, cómo puede serlo estando tan descobijada, tan perdida, tan loca; se ríe, es mi Thalía y la de nadie. Mueve su mano entre los árboles, quiere que le preste atención a toda costa, aunque sea sólo por la apariencia exterior, tal vez yo también, en este punto no sé si esa sea una buena señal o el motivo más evidente de que lo nuestro es sólo pasión.

Los militares detienen el autobús: revisión rutinaria. Y yo espero que no hurguen entre mis brazos, ¿qué pensarían? Sin duda se quedarían atónitos, nada es lo que parece. Me señalarían y dirían que soy una bruja, que me tienen que despojar de ese regalo tan particular, tendrían que llevarme a los separos a pensar mejor si quiero continuar llevando ese paquete conmigo.

Ahora me habla mi hermano, con su autoritarismo machista, me dice en un tono que pretende amedrentarme: “Te van a llevar sin preguntarte, sin señalarte, no importará nada en cuanto te encuentres dentro de la celda, no sabes ni si quiera si quieran soltarte bajo fianza. En fin, van a obligarte a entregar el paquete, por más que lo ocultes, te he dicho que nunca lleves nada de valor en la calle”.

Pero yo no ostentaba nada, no podía sacarme del pecho, de ese espacio que se forma entre un pulmón y otro, ese tesoro. En cada respirar podía sentir sus bordes chocar contra las costillas, su transparencia seguramente tendría un brillo particular si alguien pudiera verlo. Inoloro, incoloro e insípido como el agua, estaba apretando mis entrañas, guardaba en su interior arterias y palpitaciones. El frasco era como un marcapasos, cubría mi corazón del exterior hostil.

Miraban mis ojos tanta violencia, tantos puños apretados, mandíbulas, ojos rojos, enfurecidas hordas de militares. Y él era tan pequeño, tan tierno, tan espontáneo su repiquetear, enjaulado por protegerse, lo alimentaba mi esperanza, no podía ser ruda, con él menos que con nadie. Y ¿si alguien venía, si ese alguien se desternillaba de risa y me lo arrancaba y, acto seguido, lo azotaba contra el suelo? En miles de pedazos finos se quebraría la coraza, mirarían salir del interior el amor, salpicando con gracia las gotas rojas del fuego.

Violencia sobre violencia y entre violencia el arte. El tercer militar que había subido me pidió levantarme de mi asiento, fisgoneo mi bolsa como un truhan, nada le importó, pero yo estaba muy nerviosa. Párese firmemente y permita que le revise los bolsillos. Nada. Todo el suplicio parecía haber terminado y cuando el último de ellos estaba por bajar del camión, se me escapó un hipo sospechoso. El hombre con sus botas militares negras caminó con determinación hasta a mí, me vio fijamente a los ojos y luego dijo: entrégalo.

Comencé a toser, poco a poco fue apareciendo el llanto. El me miraba con repugnancia y una extraña mueca de compasión. El frasco cayó y rodó por el suelo, su bota lo quebró, el tiempo lo redujo a escombros, la vida lo recogió en su mano tibia. La sombra del militar se fue volviendo débil y desapareció en el umbral de la puerta. No había nadie en el camión, el chofer conducía sin ninguna mueca en el rostro, como un muerto. Mi corazón se había quedado sin coraza.

LoGB

 

Ya estaba escrito que aquella noche…

Esperaba poder escribir una carta a Marsella, con sus ojos vetustos y su piel renovada que han lamido las mil leguas marinas, dejándola llena de un salitre fresco que corroe y enamora. Siendo toda ella contradictoria, desde los labios hasta la esencia, y teniendo diversidad de mundos sobre su espalda tersa, ¡cuánto desearía volver a recostarme en ella para pensar en la ingratitud y la pasión!

Leería mi carta desde la lejanía y tal vez sus ojos me advertirían que, aunque casi extinta, aún pervive una memoria de lo que fuimos cuando éramos. Esa memoria, al igual que el humo del último cigarro que fuma antes de dormir cada noche, la invade hasta exasperarla y resucitar el sentimiento, para luego abandonar la alcoba por la ventana y dispersarse.

Sin embargo, el aroma de nuestro pasado se le enreda en el cabello, neciamente, y exhala en un suspiro esa esperanza que yo también guardo: en el perfume de una carta que aún no escribo.

LoGB

Así es como es el insondable pensamiento

Mis hombros están cansados,
Padre mío que estás en la tierra,
de tanto cargar la cúspide de mi cabeza
pronunciado sea tu antónimo
un nido de ideas, van arrullando aves,
venga a nosotros tu tiempo
y vuela una parvada de hojas de periódico
hágase la voluntad del sueño así en el viento como en el mar
una se posa sobre mi hombro
danos hoy nuestra miel de cada noche
quiere que le acaricie las letras del pecho
perdona a la vida por volvernos polvo, ofensa,
son las plumas de la trascendencia, del recuerdo
déjanos caer sólo en la tentación que valga el amor
monto sobre ella con miedo, es tan frágil
líbranos de toda oración falsa
y vuelo sobre los orbes de mi imaginación
¡Valga me!
LoGB

Sótano, mancuspia y mariposas de papel

Deseaba ansiosamente hallar una mancuspia en el último cajón de mi viejo y olvidado escritorio el día que regresé a la casa que me vio nacer. No por nada particular, o tal vez sí, pero no por lo que estás pensando, no para rendirle homenaje a un lejano hombre, sino para encontrarme con ese remoto recuerdo que me evocaba únicamente la textura de la mancuspia.

Hallé alguna vez una entre tus piernas y la acaricié con ligereza, la fui grabando lentamente en una secuencia mental que nunca, desde entonces, me ha abandonado; tuve la certeza de haber estado tocando un animal sagrado, una ilusión enfermiza de un Dios etéreo, obligado a hablar a través de sus codos y mirar con las manos, escribir con los pies en las noches de lluvia, solamente con un candil por compañía.

Recordando aquello la casa de mi infancia me pareció tan pequeña, la podía escudriñar con un solo vistazo, no guardaba prácticamente ningún misterio. Pensé en ir al sótano, donde usualmente cazaba las mariposas de alas de periódico que pegaban mis amigos imaginarios en las paredes. Sobre mi cabeza, en ese sótano, flotaba siempre una neblina de historias que me contabas tú, cuando eras mi prima favorita e inaugurabas de un soplido la vida de aquellas mariposas.

Con el tiempo supimos que no eras mi prima, venías de un pueblo mágico, lejano, y tus padres vivían ahora bajo la tierra, en un cuadro bellamente labrado por un pico y una pala. Nos gustaba imaginarlos cuando apagábamos las luces y nos metíamos en la casita que juntas habíamos construido. Tomaste un diente de león, lo soplaste para ver volar sus blancas partículas y compartimos secretos.

Mi prima que no era prima, pero seguía siendo lo más valioso para mí, además de mis padres. No quería volver a mi casa de juventud porque tiene aún el aroma a café mezclado con el perfume que te ponías los domingos para ir a la iglesia. Pero volví. Éramos adolescentes ya, contabas nuevas historias acerca de la magia de las mancuspias y los cuadernos nuevos, decías que tenían poderes, que podías escribir para invocar la magia, siempre y cuando nunca nadie hubiera escrito en ellos antes que tú; los llamabas puros, intactos.

Y un buen día me pediste que me asomara a tus escritos y vi muchas imágenes ilustrándolos, muchas palabras como remolinos de fuego insistiendo en quedarse marcados al rojo vivo sobre mi retina. Era apasionante leerte, hasta esa última palabra de la primera confesión: amo, te amo. Y después de ese punto tu mano sobre mi nuca.

Supe entonces que aquél no era punto final sino el punto y seguido que encadenaba la confesión de una hoja con el acto anhelado en la realidad. Vino el beso, húmedo y tibio, tus labios de virgen intocada, pura, tu aroma de perfume de los domingos, mi mano buscando la piel de tu cuello, escurriendo como una delicada gota hasta tus senos. Tu mano conduciéndome hasta tu mancuspia, mi pasión, tu arrebato, el viejo reloj de madera del sótano.

Las mancuspias se habían desligado de aquél sentido primigenio en mi memoria. Y desde entonces mis manos no han acariciado más belleza, más amor que aquella tarde cayendo sobre tus piernas en ese que siempre había sido nuestro cuarto de juegos. Estoy ahora en el mío, esperando encontrar la mancuspia que me regalaste, acabo de encontrarla marchita. El cabello se reseca con el tiempo, pero es la memoria más viva.

Guardare te siempre en este, mi tiempo.

LoGB